Salmo 51 – Misericordia Dios mío

 

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Salmo 51
 
 
Misericordia Dios mío
 
 

No tenemos derecho de hablar
de una civilización de amor
si tenemos una religión de temor.
¿Entristecerse? De nada.
¿Avergonzarse? De nada.
Simplemente reconocer, con humildad y confianza,
nuestra frágil condición y evitar el pecado
en virtud de la poderosa eficacia
transformante del Amor.
En el versículo primero irrumpe el salmista
en el escenario con prisas,
casi precipitadamente,
llevando en alto la bandera de la humildad-confianza, implorando y apelando a la misericordia eterna.
El salmista levanta los ojos y los fija en la cumbre misma
de la esencia divina: su bondad, su inmensa compasión.
Y en una intensa concentración,
hecha de confianza y humildad,
dice éste magnífico versículo:
"Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa".
Este es el acorde que da el tono, y tono mayor,
a toda la sinfonía del salmo 51.
Aquí está encerrado todo.
El salmista no apela a sus lágrimas y penitencias
sino a la inmensa compasión del Señor.
Un sentimiento estimulante,
tejido de confianza y humildad,
recorre como una corriente fresca
y poderosa todas las fibras del salmo.
"Lava del todo mi delito,
limpia completamente mi pecado"
"Derrama sobre mí las aguas
de las fuentes sagradas
para que yo quede puro
como un recién nacido.
Vuelve a sumergirme en las aguas de tu consolación
y mi alma quedará más blanca
que la nieve del Hermón"
"Pulsa en mí las arpas del gozo
y hasta los huesos calcinados
se revestirán de alegría"
"Retira tu mirada de mis llagas,
sana en mí las cicatrices
que me dejaron las culpas",
"Toca, Dios mío,
la sustancia original de mi alma
y haz de mí una materia nueva
y revístela de una firmeza de acero"
"Por favor, no me expulses de la patria de tu Rostro.
Por favor, no retires de mí tu  Mano consoladora
y la asistencia de tu espíritu" 
"Un día la alegría huyó de mi casa
como paloma asustada,
devuélvemela Señor,
y no  te olvides de poner en mis cimientos
un material noble y generoso" 
"Líbrame de la sangre y de sus tiranías,
oh Dios mío.
Líbrame de estas fuerzas que me  inclinan
hacia el centro donde está la estatua de mí mismo
y verás como mi legua  suelta a los cuatro vientos
el himno de la liberación"
"Sé muy bien que un corazón arrepentido,
pobre y humilde, tú nunca desprecias.
Dios  mío"
Como se ve es una conmovedora
letanía de confianza y humildad,
tejida con las  entrañas más puras del Evangelio.
¡Qué cerca sentimos al misionero del Padre de las  misericordias, Jesús de Nazaret!
El salmista, conmovido por el perdón y el amor,
no puede contenerse y sube a la azotea más alta
para gritar a los horizontes abiertos la feliz noticia de la gratuidad e incondicionalidad de la ternura divina.
"Y los desilusionados que se alejaron de Ti,
cuando yo les notifique de tu ternura incondicional, regresarán felices a tu hogar"
"Tú romperás en mí las cadenas de todas las esclavitudes y de todas las tiranías de la sangre
y verás como mi lengua hecha al viento,
como un clarín, los prodigios de tu misericordia"
Este magnífico drama no podía acabar
sino con un desenlace de gloria.
Cuando los espacios  interiores 
estaban poblados de tristeza y vergüenza
las ofrendas y holocaustos, el rito y el culto religioso,
se aparecen cubiertos de un oscuro velo,
en todo momento se respira la idea de la expiación
y obsesión de culpa,
todo aparece revestido de esta obsesión de culpa.
Pero ahora que hemos sido visitados por la misericordia estalla una primavera de luz y todo se cubre de gloria: ofrendas, holocaustos, rezo de salmos, la vida fraterna,
el culto religioso, todo se viste de fiesta.
Y así el salmo 51,
que comenzó con un largo lamento de culpa,
finaliza aquí en una danza de júbilo,
por obra y gracia de la misericordia
nunca desmentida de nuestro Dios.
 
 

P. Ignacio Larrañaga

 

 

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