Salmo 31 – Súplica confiada de un afligido

 
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Salmo 31
 
 
Súplica confiada de un afligido
 
 
 

En los versículos 2 al 5 entra el salmista
con un cierto grado de ansiedad.
En los versículos 6 al 9 pasa a la confianza.
En los versículos 10 al 14 retoma el salmista
a un estado de terror.
En los versículos 15 al 24 recupera
de nuevo la paz, y esta vez definitivamente.
Este es el resumen.
Efectivamente, en los cuatro primeros versículos vemos al salmista inseguro, tenso, nervioso.
Y esto sucede porque el salmista
está encerrado en sí mismo.
Es verdad que dirige a Dios
algunas miradas fugaces,
pero de hecho el centro de atención,
y hasta de obsesión, es él mismo.
Por eso vemos que en esos versículos
el miedo avanza como en un crescendo.
"Por favor, que yo no quede defraudado.
Ponme rápidamente a salvo.
Ven aprisa a librarme.
Tómame de la mano, dirígeme,
guíame, sácame de esta red
que me están tendiendo"
 
Como se ve, es el hombre literalmente
atrapado en las redes de sí mismo,
enmarañado, ensimismado.
Y el ensimismamiento es una prisión.
El salmista está, de hecho, preso de sí mismo.
Y en una prisión no hay
sino sombras y fantasmas.
Por eso vemos al salmista asustado.
Y una fantasía encerrada y asustada
ve sombras por todas partes.
Esto sucede particularmente
con las personas aprensivas,
obsesivas, pesimistas, 
las que sufren de manías persecutorias,
complejos de inferioridad.
Esta clase de gente no vive, agoniza,
entre suposiciones, presuposiciones, aprensiones: "este está en contra de mí",
"aquel ya no me quiere",
"estos me están traicionando",
"aquel ya no me escribe,
señal de que alguien ya le habló,
ya sé quien le habló, ya sé qué le dijo",
"aquellos otros están moviéndose
para quitarme el cargo"…
¡Cómo sufren entre fantasmas
y suposiciones inexistentes!
Es verdad que en este sufrimiento
influye el factor temperamental,
pero la causa principal es otra:
están encerrados entre las cuatro paredes
de sí mismos.
Siempre repito esta comparación:
Si yo te dijera sube a media noche a ese cerro,
antes de quince minutos ya has oído rumores misteriosos, has visto ladrones al acecho, etc.
A media mañana te digo sube a ese cerro,
y ahora te das cuenta que no había
ni rumores ni brujas ni ladrones.
¿Qué había sucedido?
Que la oscuridad engendró el miedo
y el miedo engendró todos los fantasmas.
En el espíritu sucede lo mismo.
Cuando el hombre se encierra en sí mismo,
en la noche de su solitariedad,
se siente apretado entre las cuatro
paredes interiores de sí mismo,
limitado, apretado, poca cosa,
desvalido, solitario,
de esta sensación nace la inseguridad y el miedo.
Y el miedo engendra los fantasmas mentales.
Este proceso se da en el salmo 31.
Efectivamente, en los versículos 6 al 9
el salmista despierta,
sale de la noche de su solitariedad
a los espacios divinos
y sucede que el miedo desaparece
y aparecen la libertad y la paz.

"A tus manos encomiendo mi espíritu" 
El salmista se suelta de sí mismo,
se desembaraza de sí mismo,
porque estaba en efecto preso de sí.
Salta y sale a otro mundo, a un tú,
y como por arte de magia se desvanecen los fantasmas y amanece la libertad.
"Y Tú, el Dios leal, me librarás"
Me librarás ¿de qué? ¿de mis enemigos?
No, del miedo de mis enemigos.
Y al sentirme libre del miedo
quedo libre de los enemigos
porque los enemigos no eran otra cosa
sino fantasmas engendrados por el miedo.
Pero al salir de la oscuridad interior
a los brazos de mi Padre,
al descargar en Él los nervios,
miedos y preocupaciones,
y al sentir a mi Padre como fuerza y Presencia,
los miedos se esfuman
y como consecuencia los enemigos también,
que no eran sino fantasmas de la mente, desaparecen y llega la paz.
El versículo 7 dice:
"Pero yo confío en el Señor".
Todo el que confía sale de sí mismo,
descarga los nervios en el otro,
le entrega las llaves de la casa,
es decir, de la libertad,
deposita en sus manos un cheque en blanco,
"haz de mí lo que quieras",
y no sólo pierde el miedo y siente seguridad
sino que el salmista se baña en el mar
de las bienaventuranzas.
"Tu misericordia es mi gozo, mi alegría",
todo es paz, libertad.
En el versículo 8, a continuación, viene a decir: Cuando mi vida estaba en peligro
resulta que Tú estabas velando sobre mí
pero yo no me daba cuenta
porque estaba mirándome a mí mismo,
ensimismado y encerrado en mí.
Pero ahora, al salirme de mí mismo,
ahora me doy cuenta de que
"Tú estabas mirando mi aflicción"
y no sólo
"no has permitido que yo fuera entregado
en las manos de mis enemigos" 
sino que
"has puesto mis pies en un camino anchuroso",
lleno de luz.
Me siento libre, soy feliz.
En resumen: de los versículos 6 al 9 el salmista describe un estado de gran liberación.
Efectivamente, en los versículos 6 al 9
el salmista había descrito un gran estado
de paz y de liberación,
cuando de repente, el salmista, en un descuido,
se desprende de Dios,
se encierra de nuevo en sí mismo,
y no podía ser de otra manera.
En los versículos 10 al 14 hacen su aparición
todos los espectros, sombras y fantasmas.
Los enemigos se le burlan, los vecinos se le ríen,
los conocidos se le escapan,
la angustia lo devora, el dolor lo consume,
todos lo olvidan como a un muerto,
todo le da miedo,
todos están conjurados contra él
tramando quitarle la vida… 
fantasmas, puros fantasmas, todo mentira.
Aborto de una mente encerrada en sí misma
de nuevo.
Una pesadilla de una noche,
de una noche interior.
En el primer sueño tú despiertas con taquicardia,
con sudores de quien ha librado una batalla feroz, despiertas y dices:
"¡que alivio, todo era mentira,
todo era una pesadilla!".
Sólo que mucha gente tiene esas pesadillas
cuando trabaja, cuando anda de compras
o camina en la calle, encerrado en sí mismo,
y mirándose a sí mismo.
 

En los versículos 15, 16 y 17
el salmista despierta,
toma conciencia de que todo lo que le sucede
es efecto de estar ensimismado,
sale de sí mismo,
se arroja en el seno de Dios.
Después de aquella letanía horrorosa:
"los enemigos se me burlan,
los vecinos se me ríen,
los conocidos se me escapan,
todos están en contra de mí, etc…",
pero yo, ah, yo, en contraste,
"confío en Ti Señor,
y yo te digo:
‘Tú eres mi Dios’".
Y ya está. Increíble, todo se esfumó.
Ya pueden alzarse las huestes del infierno
y las fuerzas de la muerte para devorarme vivo.
Pase lo que pase
"yo confío en Ti, Tú eres mi Dios"
Y parece magia.
Se dilatan los horizontes, amanece la libertad
y brilla de nuevo, y esta vez definitivamente,
la alegría.
Efectivamente, en el versículo 16,
el salmista deposita en sus Manos las tareas,
los miedos, los nervios y los azares, como quien reclina la cabeza en el regazo del Padre,
y se evaporan las sombras nocturnas
y todo se cubre de luz y seguridad.
"Brille tu Rostro sobre tu hijo
y entonces me sentiré salvo,
por el poder de tu misericordia"
Misericordia: es Dios mismo en cuanto me ama,
me asiste, me protege.
De la solitariedad nace el miedo
y el miedo engendra fantasmas.
Cuando la soledad interior fue poblada
por la Presencia, que es Amor,
donde hay amor no hay temor
y donde no hay temor no hay enemigos.
En adelante, hasta el versículo final,
el salmista tendrá buen cuidado
de no volverse sobre sí mismo porque ya sabe,
por experiencia, que aquí está la raíz
de sus desventuras.
Y sabe que,
mientras mantenga su atención fija en el Señor,
el miedo no rondará su casa.
El Liberador es Dios pero la liberación
no se realizará mágicamente,
el problema consiste siempre en confiar,
es decir, en despertar,
salirse del encierro de sí mismo
y depositar en sus Manos
cuanto somos y tenemos.
Y ¿qué fue de aquellos enemigos
que se reían y vecinos que se burlaban?
Los versículos 18 y 19 nos van a responder.
Se avergonzaron y bajaron mudos al abismo,
es decir, eran mentira y nada.
A medianoche la tierra estaba
cubierta de tinieblas.
Amanece,
¿dónde se escondieron las tinieblas?
En ninguna parte.
La luz descubrió y demostró
que las tinieblas eran vacío y mentira.
¿Qué sucedió con los labios mentirosos
que proferían insolencias contra el justo,
qué fue de todos ellos?
Pues sucedió que, al brillar la luz del Rostro,
se descubrió que el miedo y sus fantasmas
eran mero producto subjetivo.
El Señor nos ha librado verdaderamente
de los enemigos.
Los versículos 20-23 describen
admirablemente esa liberación.
"Los que a Ti se acogen,
es decir, los que se abandonan en Ti,
los que confían en Ti,
Tú los revestirás de tal belleza y serenidad, aparecerán a la vista de todos tan libres,
fuertes y alegres,
que todo el mundo se enterará
de quien es el verdadero Liberador".
 Estos son los testigos de Dios.
No faltarán las conjuras humanas ni flechas envenenadas, pero
"Tú los escondes en el asilo de tu Presencia"
que quiere decir: quienes se dejan envolver
y compenetrar de tu Presencia
de tal manera se sentirán saciados
con esa Presencia embriagadora, plenificadora, liberadora, de Dios, que todo lo restante no les importará nada.
Todo quedará de tal manera relativizado
que se sentirán libres de todo.
El Padre no evitará que los envidiosos de siempre disparen dardos envenenados
pero tampoco permitirá
que quien se acoge a Él sea herido.
"¡Bendito sea, pues, el Señor Dios
que ha realizado maravillas de amor
en una ciudad impenetrable!"
Afuera soplan tempestades, vuelan dardos,
respiran furiosos enemigos,
pero aquí dentro no entran balas
ni rozan los dardos, estoy inmunizado.
Dios es mi inmunidad.
Y en los versículos finales el salmista avanza jubilosamente hasta acabar
con un acorde triunfal:
"Sean fuertes y valientes
todos los que esperan en el Señor" 

 
P. Ignacio Larrañaga

 

 

 
 
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Una respuesta a Salmo 31 – Súplica confiada de un afligido

  1. o..... dijo:

    exelentes y muy hermosos dios los bendiga

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