Salmo 71 – No me abandones ahora que soy viejo

 
 
 
Salmo 71
 
 
No me abandones ahora que soy viejo
 
 

Es el salmo de un anciano.
Hallándose como un edificio en ruinas,
próximo ya a las puertas del abismo,
el anciano salmista mira atrás, mira hacia delante,
y se mueve entre agitados contrastes,
entre la impotencia y la esperanza.
Y a pesar de todos estos contrastes se respira,
en todo momento del salmo,
un clima de serenidad no exento de ternura.
Es un salmo de gran consolación.
 
En los tres primeros versículos sentimos al salmista
como nervioso, tenso.
Parece un hombre acechado por las fieras
que le salen desde todas partes.
"Ayúdame, sálvame.
Si sucumbo ¿qué van a decir los enemigos?
Sé para mí Roca de refugio,
fortaleza invencible, ancla de salvación"
(versículos 1-3).
 
En los versículos 5-8 el salmista mira atrás en su vida
y retrocede hasta los días de su infancia,
y nos hace una deslumbrante evocación,
una historia enternecedora.
Desde la aurora de su vida
Dios le había hecho vibrar,
siempre había sido sensible a los encantos divinos
(versículo 5).
Y en una actitud de mayor audacia todavía
el anciano salmista retrocede mucho más,
hasta el mismo seno materno,
y es consciente de que
desde el mismísimo seno materno
había sido tocado por el dedo de Dios.
"Desde entonces, todavía en el seno de mi madre,
ya me apoyaba en Ti,
ya entonces eras la esencia de mi existencia
y el fundamento de mi ser".
Y sintetizando el contenido de este versículo,
y abarcando todos los horizontes,
el salmista nos entrega esta preciosa acotación:
"Siempre he confiado en Ti"
(versículo 6).

 Revisando sus viejos archivos el salmista recuerda momentos asombrosos.
Por aquellos años era tanta su gallardía que
"muchos me miraban como a un milagro"
(versículo 7).
Pero en esto no hubo mérito de mi parte,
todo esto sucedía, y yo parecía un campeón,
porque participaba de tu fuerza,
"porque Tú eras mi Roca"
(versículo 7).
Continúa el salmista con su evocación:
la mía fue una existencia brillante
a la vida de todos,
tu poder y tu gloria resplandecieron
a través de mis pasos y mis días y,
cuando me miraban, todas
"las bocas se llenaban de alabanzas por Ti,
noche y día"
(versículo 8).
Después de esta evocación
el salmista baja la vista,
se mira a sí mismo, y se encuentra viejo,
como madera carcomida,
acosado por la enfermedad, sin fuerzas.
Y para mal de males
los miserables de siempre se divierten
con esta su situación entre chismes y chistes.
En suma, deshecho y despreciado.
Y para colmo de desdichas
los enemigos interpretan esta situación
como una señal de que Dios lo ha abandonado
(versículos 9-11).
En este momento el salmista
salta como un resorte
desde el pozo de su impotencia, 
apelando  a la justicia divina
y lanzando imprecaciones contra sus detractores 
(versículos 12-13).
Siempre el instinto de venganza.
Después de estas imprecaciones el viejo salmista,
saltando siempre de contraste en contraste,
y pasando del abatimiento a la euforia,
da rienda suelta, en tres versículos victoriosos,
comenzando con el
"yo, en cambio…",
a su seguridad inmutable,
en el sentido de que será atendido por el Señor,
y ya está pensando en la próxima alabanza.
Sin duda, por lo que le ha sucedido
en su historia pasada,
el salmista sabe que su esperanza
no sera defraudada
(versículo 14).
Y no se cerrara su boca.
"Viviré para narrar tus proezas
y cantar tus victorias"
(versículo 16).
En sus típicas transposiciones
de planos y alteraciones anímicas,
el viejo salmista, lleno de gratitud,
y en un tono sumamente entrañable,
vuelve, en los versículos 17 al 20,
al recuerdo de los años pasados,
cuajados de milagros y maravillas.
"Desde los años de mi juventud
fuiste mi maestro y guía,
y hasta hoy mismo mi boca
no se agota en mi alabanza"
(versículo 17).
Pero ahora que soy viejo,
ahora que las canas blancas me coronan
y el vigor se me alejó para siempre,
ahora no me abandones. Dios mío.
Dame un soplo de vida hasta acabar mi tarea,
mi tarea de describir la potencia de tu brazo
a esta juventud actual.
Necesito un poco más de vida
para contar a los incrédulos de siempre
tus indescriptibles proezas,
tus memorables victorias,
aquellas hazañas
que dejaron mudos a los grandes de la tierra.
"Dios mío, ¿quién como Tú?"
(versículo 19).
Después de esta ardiente súplica,
el anciano salmista manifiesta,
en los versículos 20-24,
una serena confianza en el futuro.
Después de  tanta  fragilidad,  
serias enfermedades
y el desprecio de los prepotentes
"yo sé que desde el abismo de mi impotencia
me levantaré como un tallo esbelto
y la primavera florecerá de nuevo en mis huertos"
(versículo 20).
 No sólo eso, mucho más.
Mi prestigio ante la asamblea
aumentará considerablemente y
"saborearé la fruta deliciosa de tu consolación"
(versículo 21).
"Aquel día tomaré en mis manos
las arpas vibrantes y las cítaras de oro,
te entonaré en la madrugada
una melodía inmortal
y al anochecer te alabaré con una cantata
a muchas voces y tu Nombre resonará
en todas las latitudes,
¡oh Santo de Israel!"
(versículo 22).
"Y mi alma, agradecida y feliz,
te aclamará noche y día, sin cesar, eternamente"
(versículos 23,24).
 
 
P. Ignacio Larrañaga

 

 
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