Salmo 21 – Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

 

 
 
 
Salmo 21
 
 
Dios mío, Dios mío
¿por qué me has abandonado?
 
 
 
Es un gran poema sobre el sufrimiento,
expresado con pinceladas poderosas,
insistentes súplicas y,
a pesar de todo, paradojicamente,
en medio de una gran esperanza,
no exenta de cierto aire triunfal. 
Es también el salmo que probablemente
rezó Jesús en la cruz en la tarde de la redención.
 
El ultraje, la deserción, la calumnia, la traición, la muerte,
son grandes sufrimientos.
Pero el límite final a donde puede llegar el dolor
es el sentirse abandonado de Dios.
Es peor que el sepulcro y el vacío.
Es otra cosa que la ausencia de Dios,
otra cosa que el  silencio de Dios.
Para un creyente,
cuya vida toda estuvo fundamentada en Dios,
el comprobar que el Señor lo ha abandonado
es como si el suelo se moviera debajo de  los pies.
"Estoy envuelto en una noche vacía y helada,
todas las columnas de la tierra han fallado,
se han desplomado las murallas de la ciudad,
estoy en la intemperie, sin  defensa,
expuesto a los asaltos de los mastines.
Solo y perdido en la cumbre del  mundo,
en medio de una vasta y fría soledad,
grito a Ti de brazos erguidos durante el  día
y te haces el sordo.
Mis gritos continúan durante la noche y no respondes.
Tú, que  habitas en el santuario
precisamente para atender las súplicas del pueblo"
(versículos  2,3,4).
 
  "Antiguamente todo era diferente.
En aquellos tiempos nuestros padres,
en la noche  de la aflicción,
confiaban en Ti y Tú nunca los defraudaste.
Cuando les llegaba el agua  al cuello
a ti gritaban y se salvaban
de los remolinos amenazantes.
Ahora que estoy  encerrado en el anillo del círculo
y los mastines me amenazan.
Señor, Señor, sé  consecuente contigo mismo"
(versículos 5 y 6).
 
En los versículos 7, 8, 9,
hace el salmista una descripción gráfica
de su terrible  situación.
"Soy menos que un gusano pisoteado,
vergüenza de la gente,
desprecio del  pueblo.
No merezco ni ser llamado hombre.
Las burlas de la gente aumentan mi dolor. 
Ellos se paran delante de mí meneando la cabeza,
haciendo gestos, provocándome, 
mientras dicen en voz alta:
‘Acudió a su Dios.
A ver si lo libra si tanto lo quiere’.
Esos  sarcasmos te afectan a Ti, mi Señor, mi Dios.
¿No te da vergüenza?
Comprometen tu  honor.
Despierta, sálvame.
Y así quede tu Nombre resguardado
de la infamia de los  miserables".

En los versículos 10, 11, 12,
el salmista vuelve atrás la mirada,
y en su experiencia pasada
fundamenta su confianza actual,
a pesar del abandono de Dios.
"Con ternura infinita me sacaste a luz
desde el seno oscuro de mi madre
y con qué dulzura me colocaste
en los pechos de mi madre.
Mejor dicho,
desde el seno de mi madre salté a tus brazos,
desde el embrión Tú fuiste mi Dios,
o más exactamente Tú fuiste mi madre.
Recuerda, pues, que soy tu hijo
y ahora que estoy cercado de espinos
y vestido de soledad no te quedes lejos".
 
Y en los versículos 13-19
el salmista se hunde de nuevo en el mar de la tormenta
y nos entrega una  descripción surrealista, devastadora,  
de rojos colores,
en que trágicamente se superponen toros bravos,
leones que rugen,
huesos descoyuntados,
corazones que se derriten como cera,
jauría de mastines,
terror extremo de la muerte.
Frente a este panorama dantesco
una vez más el salmista acude y se refugia en Dios
en los versículos 20, 21, 22,
continuando con imágenes expresionistas,
pidiendo a Dios que lo libere de los cuernos del búfalo,
de las garras de los mastines.
 
Y desde este estado de terror,
el salmista pasa a la seguridad de la esperanza
en un auténtico canto triunfal
en los diez versículos finales,
sabiendo que la salvación está asegurada,
con el típico aire de quien está testificando
algo que ha experimentado.
Son diez versos jubilosos,
rezumando confianza en todo momento,
transformado el salmista en un testigo de Dios
ante la gran asamblea
y convirtiendo la alabanza
en una profecía de un futuro gozoso.
El aire triunfal, en tono festivo,
va saltando de grupo en grupo,
de la boca del salmista a los fíeles de la asamblea,
y más tarde a todos los desvalidos del mundo,
y en un verdadero crescendo el júbilo
y la alabanza va abriéndose en círculos concéntricos, alcanzando a los confines de la tierra
donde desaparecen las fronteras,
inclusive extendiendo su dominio más allá de la muerte,
ya que
"ante Él se postrarán hasta las cenizas de la sepultura"
(versículo 30).
Y la vibración se prolongará más allá del tiempo,
más allá de los días de mi vida,
ya que las futuras generaciones y los pueblos,
que un día han de nacer
(versículo 30),
se dedicarán a ensalzar las proezas del señor.
Y así, el salmo 22,
que comenzó en la postración total,
acaba, como se ve,
en una fiesta de alegría,
de la manera como el luto del calvario
culminó en la alegría de la resurrección.
El salmo 22 puede servirles de notable consolación
a los que están lastimados por los golpes de la vida.
 
 
P. Ignacio Larrañaga

 

About these ads
Esta entrada fue publicada en En la decadencia. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Salmo 21 – Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

  1. Francisco dijo:

    Qué gran verdad es la que expresas¡
    Y respecto al salmo primero, hace tiempo escribí algo relacionado con el y la falsa interpretación que le han dado algunos
    Aquí te dejo el link
    http://fmunozj.spaces.live.com/blog/cns!35CB216D372E97AD!4295.entry
     
    Paz y Bien

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s