Líneas teológicas

 
 
 

Líneas teológicas

 

 

Por otra parte, las grandes líneas teológicas de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, atraviesan las entrañas del salmo 51 con los items siguientes:

1. «He sido constituido en pecado desde el seno de mi madre» (v. 7). El hombre, ¡esa pura contingencia!, en cuanto comienza a descender en espiral hacia sus latitudes últimas, se encuentra, casi de entrada, con esa sombra que cubre sus horizontes: el pecado. Ya al iniciar sus primeros pasos por las sendas de la historia, los pies del hombre son atrapados por un cepo, y queda paralizada su marcha hacia la libertad.

¡El pecado!; la incapacidad del hombre para actuar según los principios de la razón y de la voluntad de Dios: hace lo que no quiere, y deja de hacer lo que le gustaría hacer. Se oye decir: llevo treinta años tratando de ser humilde y ¡no puedo! Quisiera perdonar, pero ¡no puedo! He combatido durante cuarenta años para suavizar tal rasgo negativo de mi personalidad mediante la oración y los sacramentos, y hoy, después de tantos años, ese defecto está tan vivo como siempre y, al menor descuido, me doblega sin remedio. Es la ley del pecado que mueve desde abajo los resortes y mecanismos, quedando la libertad, maniatada y sin autonomía.

Esta ley del pecado, en el lenguaje de hoy, es equivalente a los rasgos negativos de la personalidad, grabados bioquímicamente en la frontera final del ser, en los componentes últimos de la célula, llamados genes. Ahí están «escritos» los rasgos fundamentales, tanto positivos como negativos, que conforman esa realidad inalienable y única que llamamos persona, individuo.

Esos rasgos negativos (como el rencor, irascibilidad, hipersensualidad, timidez, obsesión, reacciones primarias, compulsividad…) dominan la conducta del hombre, haciendo lo que no quiere y comportándose de manera contraria a lo que desea y se esfuerza. Ahora bien, si el hombre hace lo que no quiere, ¿dónde está la libertad? La libertad existe, naturalmente, pero en ciertas zonas de la personalidad puede estar condicionada, en otras maniatada y, hasta, en alguna zona, casi anulada. Por eso dice Pablo: «Hago lo que no quiero».

¡El pecado! No es una persona, tampoco un ser. Simplemente es la incapacidad para caminar por las sendas del amor, porque la libertad ha sido atrapada entre los anillos del egoísmo, y porque todos los hilos conductores encaminan al hombre hacia el centro de sí mismo: «He sido constituido en pecado desde el seno de mi madre».

2. Son, pues, las raíces las que están heridas de muerte. Ahora bien; hasta esas latitudes no puede bajar ninguna mano liberadora. Las psicoterapias, por ejemplo, actúan y funcionan tan sólo a flor de piel.

A profundidades tan definitivas sólo puede llegar Aquel que desciende hasta la última soledad del ser: Dios. Sólo Dios puede hacerse presente en las raíces.

Sólo Aquél que me estructuró puede reestructurarme. Sólo Dios puede ser mi salvador.

3. El tercer ítem teológico, a partir de los dos principios anteriores, es: si sólo Dios puede ser mi salvador; si yo soy impotencia, y El omnipotencia; si yo soy fragilidad, y El misericordia, la salvación consiste en salir de mí mismo en alas de la confianza, transformarme en un poquito de barro y ponerme, humilde y sumiso, en sus manos y repetir incesantemente: «Lávame» (v. 9), «purifícame» (v. 4), «límpiame» (v. 3), «crea en mí un corazón nuevo» (v. 12). Y a esto se reduce el salmo 51: no quedarme mirando absorto mis negras vertientes sino los espacios infinitos de la misericordia.

 

Padre Ignacio Larrañaga

 

 

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Complejos de culpabilidad

 
 
 

 

Complejos de culpabilidad

 

 

 

A pesar de que sentimos palpitar a lo largo del salmo la pertinaz y obsesiva presencia del pecado, jamás, sin embargo, nos llega ni el más lejano eco de los complejos de culpabilidad. En ningún momento advertimos que los sentimientos de culpa ronden los muros del salmista. Jamás vemos a éste caer en el remolino de la autopunición.

Una cosa es la humildad, y otra, la humillación. La humildad es hija de Dios, y la humillación, hija del orgullo. La humildad es una actitud positiva; la humillación, en cambio, autodestructiva. En el fondo de los complejos de culpabilidad aletea incesantemente aquel binomio de muerte: vergüenza-tristeza. Efectivamente en su último análisis, los complejos de culpa se reducen a estos dos sentimientos combinados.

Y, en el fondo de estos complejos, se agita un instinto de venganza en contra de sí mismos: se irritan en contra de sí mismos porque se sienten tan poca cosa; se indignan y sienten rabia por ser así, tan incapaces de actuar según los criterios de Dios y de la razón, según los cánones de un ideal. Se humillan, viven ensañándose en contra de sí mismos por no aceptar sus limitaciones e impotencias, avergonzándose y entristeciéndose de ser tan poca cosa, tan impotentes para actuar según los principios de la rectitud. Y, probablemente, en el último análisis de estos complejos, la madre que da a luz a estos sentimientos es el complejo de omnipotencia, lastimado, herido y derrotado al comprobar que no puede volar por las cumbres del ideal y de la santidad.

Y estos sentimientos se han cultivado deliberadamente entre nosotros, como si se nos dijera: humíllate, castígate, avergüénzate, arrepiéntete, eres un miserable, un rebelde que no merece misericordia… Naturalmente no se decían estas palabras, pero, en el fondo, era una tácita invitación a ensañarse en contra de sí mismo por ser pecador; y, como pecador, se merecía el castigo, y, antes de ser castigado por Dios como lo merecían sus pecados, era preferible castigarse (psicológicamente) a sí mismo. Y castigándose uno mismo (mediante los sentimientos de culpa) se tenía la impresión de que se estaba satisfaciendo a la justicia divina y aplacando su ira. Había que hacer penitencia para merecer la misericordia divina, olvidándose de que, aunque se haga penitencia hasta el fin del mundo, la misericordia no se merece; se recibe.

Desde que despertó en nosotros el uso de la razón, se nos inculcaron de tal manera estos conceptos que han llegado a constituir en nosotros como una segunda naturaleza, hasta llegar su influencia a las últimas latitudes del inconsciente.

Y así hemos ido ciñendo nuestra cabeza con una corona de hostilidad. Y toda esta obra demoledora se hacía en el nombre de Dios, creyendo que, con esta autopunición psicológica, se ofrecía a Dios un sacrificio agradable, que satisfacía su ira y sus impulsos de venganza. Pero no eran, ni son, cosa agradable a Dios, sino, muy al contrario, se trata del lado más negativo del corazón humano, los fondos sado-masoquistas, los instintos auto-destructivos, no muy lejos de la necrofilia, y emparentados con el instinto de la muerte.

En el fondo, pues, de estos complejos de culpa, deliberadamente inculcados y cultivados, en la base de esta actitud auto-destructiva, palpita —y esto es lo más grave— una teología profundamente desenfocada. ¿Satisfacer la justicia divina y calmar los impulsos vengativos de Dios? ¿Cuál Dios? ¿Un Dios vengativo, sanguinario y cruel? ¿De dónde salió ese Dios? ¿Un Dios a quien hay que aplacar con penitencias y con castigos mentales en contra de sí mismos? ¿De qué monte, de qué selva salió ese Dios? ¿Del Sinaí? El verdadero Dios nunca fue vengativo; fueron los hombres los que proyectaron en Dios sus bajos impulsos.

Y, de todas formas, ni Moisés ni los profetas tienen la última palabra para decirnos quién y cómo es Dios. El único que conoce a Dios desde dentro es Jesús; es El el único que viene de Dios, sólo El tiene autoridad moral y categoría de testigo para decirnos quién y cómo es Dios.

Y ahí vemos a Jesús en los evangelios inventando cuentitos, comparaciones y parábolas para decirnos que, en fin de cuentas, Dios no es nada de lo que nos han metido en la cabeza, sino que, muy al contrario, es ternura y cariño, perdón incondicional, amor eterno y gratuito, que Dios es como el Papá más querido y amante de la tierra, que, para El, perdonar es una fiesta, y que los más frágiles y quebradizos, aquellos que tienen la historia más infeliz en el terreno moral, y los últimos, esos son los que se llevan las preferencias del Papá Dios.

A veces pienso que hemos traicionado al Señor Jesús, que no fue otra cosa en este mundo sino el Misionero de la Misericordia, que hemos dejado de lado su mensaje central del Abbá y nos hemos quedado con el Dios del Sinaí.

Pienso también que continuamos en nuestras fragilidades porque estamos encerrados y atrapados en un círculo vicioso, a saber: con estos complejos de culpa bloqueamos el amor de Dios, no nos dejamos amar; y, al no dejarnos amar, al no experimentar su amor, continuamos en nuestras fragilidades porque, después de todo, la única fuerza transformante del mundo es el amor.

Y, siendo el evangelio una alegre novedad, una feliz noticia, nosotros hemos transformado el cristianismo en un código de culpas, en una religión obsesiva y triste dejando de lado las insistencias conmovedoras de Jesús sobre la ternura de Dios. Y así, uno mismo ha constatado innumerables veces y con dolor en el corazón, que una de las fuentes más importantes de angustia y tristeza para las personas piadosas son los sentimientos de culpa, cultivados esmeradamente cual si fueran sacrificios de suave perfume para Dios.

Y, naturalmente, constituyéndose estas personas en enemigas de sí mismas debido a estos complejos, se puede suponer qué serán ellas en sus relaciones fraternas: enemigas unas de otras, Y así, debiendo ser las comunidades religiosas oasis de feliz armonía, frecuentemente no lo son, debido, entre otras razones, a que transfieren a los demás las enemistades incubadas en sí mismos, contra sí mismos.

Las estadísticas mundiales sobre la depresión nos dicen que uno de los grupos sociales en que más se eleva el índice depresivo es el de los cristianos piadosos, debido al cultivo de los complejos de culpa.

Llegó, pues, la hora de creer en el Amor, y de superar las fragilidades, no en virtud de la culpa represiva sino en virtud de la dinámica transformante del Amor, y en el nombre de aquella revelación central, traída por Jesús, sobre el amor eterno y gratuito del Padre Dios para con cada uno de nosotros. Así, pues ¿entristecerse? De nada. ¿Avergonzarse? De nada. ¿Humillarse? Por nada. Entonces, ¿qué hacer? Como nos dirá admirablemente el salmo 51, reconocer con humildad y confianza nuestra radical impotencia, no fijándonos obsesivamente en nuestra condición pecadora sino en la condición misericordiosa y comprensiva de Dios, en su amor y ternura nunca desmentidos.

 

Padre Ignacio Larrañaga

 

 

 

 

 

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Las misericordias del Señor – Salmo 51

 
Las misericordias del Señor

Salmo 51
 
Para mucha gente, todavía hoy, el salmo 51 es una música de tono menor, tejida de melodías tristes y ecos sombríos. Durante largos siglos había sido el típico salmo de los tiempos penitenciales, de los días de ayuno y abstinencia. El salmo Miserere —cantado, semitonado, o simplemente rezado y, por cierto, con un aire siempre arrastrado— acompañaba invariablemente a los difuntos hasta la sepultura.
Por esta asociación de recuerdos, debido a la presión del pasado sobre el presente, para muchas personas el miserere arrastra en su seno, todavía hoy, alas de muerte, iras divinas, sombras amenazantes, cualquier cosa parecida a depresión y abatimiento. Para mucha gente es un salmo triste, el salmo oscuro de la culpa y el pecado. No obstante, como veremos, es todo lo contrario.
Todo esto me trae a la memoria el caso de esas preciosas ermitas románicas de piedra desnuda, a cuyas paredes agregaron, en épocas tardías, un revestimiento de cal con el fin de embellecerla. Llegó la hora de remover ese revestimiento para que aparezca el rostro original de la ermita. Así mismo, el salmo 51 necesita de un remozamiento enérgico para que se desprendan las escamas postizas, se lleve el viento los ecos sombríos, y pueda aparecer a la vista de todos lo que el salmo en realidad es: el gran salmo de las misericordias del Señor. Son muchas las personas que necesitan hacer esta limpieza purificadora y redescubrir sus entrañas de misericordia.

Contra esa impresión generalizada, la de ser un salmo sombrío, podemos afirmar de entrada que, entre los ciento cincuenta salmos, no encontraremos otro que contenga tanta profundidad, belleza y consolación. Desde la primera hasta la última palabra, un binomio maravillosamente evangélico recorre sus entrañas: confianza-humildad. Este binomio es como un río de vida que atraviesa el salmo de parte a parte cubriendo todo de frescura y esperanza.
Si de sus versículos retiramos la palabra Dios, y la sustituyéramos por la palabra Padre, nos encontraríamos en el corazón mismo del evangelio, junto a las grandes parábolas de la misericordia del Señor, en el mismísimo capítulo 15 de Lucas. Y, desde luego, es el salmo más evangélico entre los ciento cincuenta salmos. Más aún, uno queda sorprendido al constatar cómo tantos siglos antes del evangelio se hubiere escrito un salmo tan evangélico.
A pesar de que aparece tantas veces el concepto y la palabra pecado (o su equivalente: culpa, iniquidad) sobre todo en los primeros versículos, simultánea y paralelamente se levanta la misericordia de Dios como una realidad mucho más sólida y visible; si la altura del pecado es como la de una montaña, la misericordia del Altísimo es como la altura de la cordillera más encumbrada.
 
P. Ignacio Larrañaga
 
 
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Estás conmigo

 

 

Estás conmigo

 

Según entiendo, la mejor manera de comentar ciertos fragmentos de los salmos consiste en ponerse en la misma tesitura que el salmista, en su forma dialogal, y desentrañar su pensamiento expresándolo con otras palabras. Y es así, según creo, como mejor se puede ayudar al lector, no sólo para entender el salmo, sino también para poder rezarlo con provecho.

Vv. 1-6. Tú me sondeas y me conoces. Tú me penetras, me envuelves y me amas. Tú me circundas, inundas y transfiguras. Estás conmigo. Si salgo a la calle, te vienes conmigo. Si me siento en mi oficina, te quedas a mi lado. Mientras duermo, velas mi sueño, como la madre más solícita. Cuando recorro los senderos de la vida, caminas a mi lado. Al levantarme, sentarme o acostarme, tus ojos ven mis acciones.

No hay distancias que puedan separarme de ti. No hay oscuridad que te oculte. No eres, sin embargo, ningún detective que vigile mis pasos, sino el Padre tierno que cuida las andanzas de sus hijos. Y, cuando tengo la sensación de ser un niño perdido en el páramo, Tú me gritas con el profeta: «Aquí estoy, contigo estoy, no tengas miedo». Me envuelves con tus brazos, porque eres poder y cariño, porque eres mi Dios y mi Padre, y en la palma de tu mano derecha llevas escrito mi nombre, en señal de predilección. A donde quiera que yo vaya, estás conmigo.

Estás sustancialmente presente en mi ser entero. Tú me comunicas la existencia y la consistencia. Eres la esencia de mi existencia. En ti existo, me muevo y soy. Eres el fundamento fundante de mi realidad, mi consistencia única y mi fortaleza. Todavía no ha llegado la palabra a mi boca, todavía mi cerebro no elaboró un solo pensamiento, todavía mi corazón no concibió un proyecto, y ya todo es familiar y conocido para ti: pensamientos, palabras, intenciones, proyectos. Sabes perfectamente el término de mis días y las fronteras de mis sueños. Donde quiera que esté yo, estás Tú; donde quiera que estés Tú, estoy yo; yo soy, pues, hijo de la inmensidad.

Me estrechas por detrás, me estrechas por delante, me cubres con la palma de tu mano derecha. Estás en torno de mí; estoy en torno de ti. Estás dentro de mí, estoy dentro de ti. Con tu presencia activa y vivificante alcanzas las zonas más remotas de mi intimidad. Eres, casi, más «yo» que yo mismo; eres, en suma, aquella realidad total y totalizante dentro de la cual estoy completamente sumergido.

¡Dios mío, me desbordas, me sobrepasas, me trasciendes definitivamente! Qué razón tenía aquel que dijo que lo esencial siempre es invisible a los ojos Eres verdaderamente sublime, por encima de toda ponderación; Dios mío, ¿quién como Tú? ¡Oh presencia, siempre oscura y siempre clara! Eres aquel misterio fascinante que, como un abismo, arrastras mis aspiraciones en un vértigo sagrado, aquietas mis quimeras, y sosiegas las tormentas de mi espíritu. ¡Quién como Tú!

Vv. 7-11. ¿Cómo podría evadirme de tu presencia? ¿A dónde podría emigrar para alejarme de tu aliento? ¿Cómo evitar tu mirada? Si yo fuera un águila invencible, y escalara las crestas altísimas, coronadas de nieve, para huir de tu presencia; si, en alas de un sueño mágico, alcanzara la estrella más distante de la galaxia más lejana para escapar de tu mirada, todo sería inútil!, donde quiera que esté yo, estás Tú. Soy, de nuevo, hijo de la inmensidad.

Si yo fuera un delfín de aguas profundas, y en una zambullida vertical, me sumergiera hasta los abismos completamente oscuros, o consiguiera adentrarme en la caverna más profunda de la tierra, también allí me tomarías de la mano, para decirme: eres hijo de mi amor, sombra bendita de mi sustancia eterna. No hay piedra en el fondo del río, ni pez en el mar que estén tan rodeados de agua como yo de ti. No hay ave en el cielo que esté tan rodeada de aire como yo lo estoy de ti.

No puedo escapar de tu mirada. Estás conmigo. Si, en un arranque de locura, pidiera prestadas las alas a la luz, que recorren trescientos mil kilómetros por segundo, y, alzando el vuelo, llegara hasta el confín donde termina el mundo, también allí me tomarías con tu mano derecha, para decirme: «Aquí estoy, contigo soy». Si, en un arrebato de insania total, pidiera prestadas a las tinieblas sus alas oscuras, o un manto negro a la noche para cubrirme con ellos, y así desorientarte a ti, cazador divino, todo sería, nuevamente, inútil; tu presencia es fulgor que taladra y transfigura las sombras, transformando la noche en mediodía. A donde quiera que yo vaya, estás conmigo.

Vv. 13-16. Tú has creado mis entrañas; estabas presente en el seno de mi madre desde la primera división celular. No solamente estabas, sino que, misteriosamente, Tú pusiste en movimiento mi existencia desde el punto de partida, y fuiste acompañando su evolución con mirada atenta y cariñosa. Los padres de la tierra fueron simples instrumentos pasivos; verdaderamente Tú eres mi padre y mi madre.

«Admirable sobremanera y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un día (…) animaba a cada uno de ellos, diciéndoles: “Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno”» (2Mac 7,20-23). Como si dijera: «Yo no soy su madre; un artífice conoce la naturaleza de la obra de sus manos, pero yo no sé cómo funciona su hígado o cuál es la estructura de su cerebro. Yo no los fabriqué, alguien los fabricó dentro de mí». Dios es, pues, su madre, y ahora vamos a morir por El.

Te doy gracias y te glorifico por haberme hecho de esta manera, por haberme creado tan portentosamente, por haber hecho de mí un prodigio de sabiduría y arte. A pesar de todo, a pesar de mis muchos defectos, limitaciones y fragilidades, soy una maravilla de tus dedos. Y si todas tus obras son maravillosas, la maravilla más grande entre todas tus maravillas, soy yo mismo. Te alabo y te ensalzo por esta obra de tus dedos, que soy yo.

Por eso me conocías desde siempre, hasta el fondo de mi alma; y conocías, uno por uno, mis huesos. Cuando me iba formando en el seno de mi madre, tus ojos veían mis acciones, todos mis actos estaban anotados en tu libro; antes de que uno solo de mis días existiera, ya estaban apuntados, todos ellos, en el libro de mi vida.

Vv. 17-18. Qué fantástico me parece todo esto, Dios mío! ¡Qué incomparables encuentro tus designios y tus obras! Señor, Señor, qué inmenso el conjunto de tus maravillas! ¡Quién como Tú! Si, dejándome llevar por una idea descabellada, me pusiera a enumerar las obras de tus dedos,  ¡son innumerables!; si se juntaran las estrellas del firmamento con los granos de arena de los desiertos y de las playas, serían un pálido cúmulo en comparación con la altura de tus obras. Y si, en un supuesto imposible, acabara yo de medir, pesar y enumerar tus portentos, entonces, ¡ah!, entonces estaríamos como al comienzo, porque entonces aún me quedarías Tú, que eres el Misterio Total.

Vv. 23-24. Señor, Señor, humillo mi cabeza y me someto a tu juicio; te abro mis libros y mis cuentas, mis riñones y mis huesos. Entra en mi recinto, planta el tribunal, averigua, escudriña, juzga.

No permitas que mis pies den un paso en falso. Y, ya que Tú eres mi padre y mi madre, no me sueltes de tu mano; tómame, y condúceme firmemente todos los días de mi vida por el camino de la sabiduría y de la eternidad.

 Padre Ignacio Larrañaga

 

 

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El celo

 

 

El celo

 

En este momento, abruptamente, como si, saliendo de un paraíso de paz, entrara en un campo de batalla, el salmista saca su arcabuz, abre fuego y comienza a disparar fieramente en todas direcciones.

Dios mío, si matases al malvado…

¿No aborreceré a los que te aborrecen?

¿No me repugnarán los que se te rebelan?

Los odio con odio implacable, los tengo por enemigos.

¿Cómo se entiende este cambio brutal? ¿Qué sentido puede tener esta tempestad de violencia, desatada tan intempestivamente? ¿Cómo es posible este lenguaje de odio después de tanta sublimidad?

Necesitamos hacer algunas precisiones y aclarar varios puntos. En primer lugar, no se trata de una turbación, provocada por la presencia de viejos rivales. No es el odio del hombre contra el hombre, ni una conspiración de venganza para saldar cuentas antiguas.

Se trata de los enemigos, no del hombre, sino de Dios. Se trata de los eternos «asesinos» que sólo abren la boca para proferir «pérfidamente» blasfemias y necedades contra el santo de Israel. Son los insensatos de siempre que no cesan de lanzar desafíos al cielo, y «se rebelan en vano» contra el Señor. Así, pues, la repentina furia del salmista va dirigida contra esta turbamulta de necios. En suma, se trata, exactamente, de aquel sentimiento del que tanto habla la Biblia: el celo por la honra de Dios.

El salmista, todavía con los ojos llenos de la gloria de Dios, al contrastar la sublimidad del Altísimo con la abyección de los blasfemos, siente una repugnancia e indignación tales que no las puede controlar ante la presencia de estos «asesinos», al comparar lo injusto y monstruoso de su actitud con la justicia y santidad de Dios. Por eso utiliza expresiones del más grueso calibre para descalificarlos. Recordemos las palabras del salmo 69: «El celo de tu casa me devora».

— Bajó Moisés del monte con las Tablas de la Ley en sus manos. El pueblo, durante la larga ausencia de Moisés, había fundido un becerro de oro; y, en ese momento, el pueblo estaba cantando y danzando en tomo de la estatua. Cuando Moisés llegó al campamento, y vio el becerro y al pueblo danzando en torno a él, «ardió en ira, arrojó de sus manos las Tablas y las hizo añicos al pie del monte. Luego tomó en sus manos el becerro que habían fundido, lo quemó y lo molió hasta reducirlo a polvo, que esparció en el agua, y se la dio a beber a los hijos de Israel» (Ex 32,15-21).

Elías, en la cumbre del Carmelo, dijo al pueblo: he quedado yo solo como profeta de Dios, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Y los desafió a todos ellos, delante del pueblo, a una competición original para dirimir cuál de los dioses es el verdadero Dios. Y, habiendo ganado la contienda, hizo Elías que el pueblo echara mano a los profetas de Baal, «sin que se escape ninguno de ellos»; e hizo que los bajaran, como borregos, hasta el fondo del torrente Quisón. Y, ardiendo en santa ira, hizo que los degollaran a todos, uno por uno (1Re 18,30-40).

Matatías, el padre de los Macabeos, se vistió de saco y se entregó a un profundo dolor al ver la ciudad santa en manos de los extranjeros, y el santuario en poder de los extraños. Un buen día, convocado el pueblo de Modín por los encargados de imponer la apostasía, cuando un israelita se adelantó, a la vista de todos, a sacrificar ante un altar pagano, Matatías «se inflamó en celo, y se le estremecieron las entrañas». Y, «encendido en justa cólera, corrió hasta el israelita y lo degolló sobre el altar. Mató también al enviado del rey que obligaba a sacrificar, y destruyó el altar» (1Mac 2,19-26). Y fue este celo por la gloria de Dios el que encendió las heroicas y gloriosas guerras macabeas.

Fue este mismo celo el que le hizo a Jesús, en tiempo de pascua, armar un escándalo de grandes proporciones, en la plataforma primera del templo salomónico, reconstruido por Herodes. Efectivamente, este lugar sagrado había sido literalmente copado por los tratantes de bueyes y ovejas; y estaban también los cambistas bien instalados en sus mesas. Al ver aquello, Jesús, encendido en una sagrada indignación, a causa de la santidad del recinto, empuñó un látigo de cuerdas, y barrió con todo, hombres y animales, sacándolos violentamente del perímetro sagrado; volcó las mesas de los cambistas, y su dinero rodó por los suelos, mientras les decía, lleno de ira: «están haciendo de la Casa de mi Padre un sórdido mercado» (Jn 2,13-17). Fue la reacción típica de un profeta que, por cierto, precipitó su desenlace final.

En este contexto, resultan más comprensibles las diatribas de los salmistas. He querido exponer con cierta amplitud este aspecto, que escandaliza a tantas personas, e, incluso, les dificulta saborear los salmos, para que el lector acierte a comprender y situarse en el verdadero contexto, cuando, en los salmos, hacen su aparición los anatemas, que, generalmente, no siempre, van dirigidos contra los enemigos de Dios.

 

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Viaje al interior

 

 

 

 

  Viaje al interior

Salmo 139 (138)

 

En el salmo 139, al contrario de lo que sucede en los salmos de la creación, el salmista se sumerge en el mar del misterio interior, y, en ningún momento, emerge de allí, hasta el final; y, entonces, para disparar dardos envenenados contra los enemigos, no suyos, sino los de Dios.

En cuanto a belleza, este salmo es una obra de arte: por un lado, llama la atención su carga de introspección que llega a honduras definitivas; y, por otro, la altísima inspiración poética que recorre toda su estructura, del primero al último versículo, con metáforas brillantes, y con audacias que nos dejan admirados.

Perdido ya el salmista en sus aguas profundas, el centro de atención, paradójicamente, no es él mismo, sino Dios.

A pesar de que el salmista hace, imaginariamente, un recorrido espectacular, desde el abismo hasta el firmamento (v. 8), y hasta el «margen de la aurora», hasta el «confín del mar» (v. 9); a pesar de que, sin detenerse nunca, se mueven en el escenario las dos personas, jamás el salmista centra la atención en sí mismo. El punto focal es siempre el Tú. Es algo sorprendente. El salmista, diríamos, coloca su observatorio, no en la cumbre de un cerro, sino en su interioridad más remota; focaliza en Dios su telescopio contemplativo, y obtiene una visión, la más profunda y original que se pueda imaginar, sobre el misterio esencial de Dios y del hombre.

Salmo de contemplación

Específicamente hablando, es un salmo contemplativo; es decir, es tal su naturaleza que encaja perfectamente en la oración de contemplación propiamente dicha.

La observación de la vida me ha enseñado lo siguiente: hay personas que cuando oran tienen como interlocutores (no necesariamente a través de un diálogo de palabras, sino de interioridades), a Jesucristo; con otras palabras, cuando oran, hablan con el Señor Jesús. Otras personas, cuando oran, se «sienten bien» tratando con el Padre, experimentando su amor.

Pero hay otras personas para quienes el interlocutor, en su oración, no es Jesucristo, ni el Padre, sino El, simplemente Él, precisamente El, sin denominación, sin concreción, sin figura; es la totalidad, la inmensidad, la eternidad; pero no una realidad vaga o inconcreta, sino Alguien concretísimo, personalísimo, cariñoso, que no está —y está— cerca, lejos, adentro, afuera, mejor dicho no está en ninguna parte; es: abarca, comprende y desborda todo espacio, todo tiempo, más allá y más acá de todo.

Toda forma o figura desaparece. Dios es despojado, mejor dicho, silenciado, de cuanto indique localidad. Y no queda más que la presencia (para usar el término más aproximativo; lo que la Biblia llama «rostro»), la presencia pura y esencial, que me envuelve, me compenetra, me sostiene, me ama, me recrea, me libera; simplemente, Él es. Por hablar de alguna manera, diríamos que se podrían incinerar todos los libros escritos sobre Dios, ya que todas las palabras referentes a Dios son ambiguas, inexactas, analógicas, equívocas. Lo único exacto, seguro, lo único que queda es esto. El es. No hay nombre, sino pronombre; y el único verbo adecuado es el verbo ser. Todo lo demás no son sino aproximaciones deslavadas.

Pues bien, podríamos decir, siempre hablando imperfectamente, que éste es el Dios del salmo 139, y que aquellas personas que se relacionan simplemente con El tienen tendencia, al menos tendencia, a la oración de contemplación propiamente dicha; y que, para estas personas —pero no sólo para ellas—, el salmo 139 es un manjar apropiado.

— Por todo lo dicho, el lugar ideal para rezar este salmo, en cierto sentido, no sería la capilla, porque allí la presencia divina es sacramental, está localizada; ni tampoco, exactamente, un entorno natural, deslumbrante de hermosura, porque las criaturas podrían desviar la atención, sino una habitación donde nada nos pueda distraer.

Para penetrar en el núcleo del salmo y rezarlo con fruto es conveniente empezar por tranquilizarse, sosegar los nervios, descargar las tensiones, abstraerse de clamores exteriores e interiores, soltar recuerdos y preocupaciones; y así, ir alcanzando un silencio interior, de tal manera que el contemplador perciba que no hay nada fuera de sí, y no hay nada dentro de sí. Y que lo único que queda es una presencia de sí mismo a sí mismo, esto es, una atención purificada por el silencio.

Este es el momento de abrirse al mundo de la fe, a la presencia viva y concreta del Señor, y es en este momento cuando el texto del salmo 139 puede ser un apoyo precioso para entrar en una oración de contemplación.

Nuestras fuentes están en ti

Los vestigios de la creación, las reflexiones comunitarias, las oraciones vocales pueden hacemos presente al Señor; pero son, si se me permite la expresión, «partículas» de Dios. Las criaturas pueden evocarnos al Señor: una noche estrellada, una montaña cubierta de nieve, un amanecer ardiente, el horizonte recortado sobre un fondo azul nos pueden «dar» a Dios, pueden despertárnoslo, pero no son Dios mismo, sino evocadores, despertadores de Dios.

Y el alma verdaderamente sedienta no se conforma con los «mensajeros», como dice San Juan de la Cruz: «No quieras enviarme —de hoy ya más mensajero— que no saben decirme lo que quiero». Y comenta el místico castellano: «Como se ve que no hay cosa que pueda curar su dolencia, sino la presencia…, pídele le entregue la posesión de su presencia». Más allá de los vestigios de la creación, y de las aguas que bajan cantando, el alma busca el manantial mismo, Dios mismo, que está siempre más allá de las evocaciones, de los conceptos y las palabras.

Para penetrar en el santuario del salmo 139, el hombre debe tener presente que Dios no sólo es su creador, no sólo está objetivamente presente en su ser entero, al que comunica la existencia y la consistencia; es preciso también tener presente que El lo sostiene, pero no a la manera de la madre que lleva a su criatura en sus entrañas, sino que, en una dimensión mucho más profunda, y distinta, verdaderamente Dios lo penetra y lo mantiene en su ser.

A pesar de esta estrecha vinculación entre Dios y el hombre, no hay, sin embargo, simbiosis ni identidad alguna, sino que, más bien, la presencia divina es una realidad creante y vivificante, realidad que el salmista verbaliza con una expresión de alto vuelo poético: «Todas mis fuentes están en ti» (salmo 87).

A solas

Podríamos afirmar que, en la estructura del salmo 139, el encuentro con Dios se consuma a solas. En el fondo, cualquier encuentro, tanto a nivel divino como humano, se realiza a solas, en su sentido original y profundo. En realidad, la expresión castellana a solas significa una convergencia de dos soledades, ya que la esencia radical de la persona, sea divina o humana, es ser soledad o mismidad.

Y estas dos soledades, en nuestro caso, son las siguientes: por un lado, es necesario acallar todo nerviosismo y toda la turbulencia interior, hasta percibir, en silencio pleno, mi identidad personal, mi soledad. Y, por parte de Dios, es necesario sobrepasar el bosque de imágenes y conceptos, con que revestimos a Dios, y quedarnos, en la pureza total de la fe, con el mismísimo Dios, El Mismo, su «soledad». Y, para este proceso de purificación, el salmo 139 es un instrumento inapreciable.

El ser humano, entre sus diferentes niveles de interioridad, percibe, en sí mismo algo así como una última morada donde, según el Concilio, nadie puede hacerse presente, salvo Aquel que no «ocupa» espacio, justamente porque esa última morada no es, exactamente, un lugar. Dice el Concilio: «A estas profundidades de sí mismo retorna (el hombre) cuando entra dentro de su corazón, donde Dios lo espera» (GS 14).

Se trata, pues, del «núcleo más secreto, sagrario del hombre, donde éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de él» (GS 14). Es a esta zona interior a donde deberá «bajar» el hombre para una vivencia auténtica y fuerte del salmo 139.

Paso a paso

En los primeros seis versículos, en un despliegue de luz y fantasía, y mediante un racimo de metáforas, el salmista percibe la omnipotencia y omnisciencia divinas, que envuelven y abrigan al hombre, como una luz, por dentro y por fuera, desde lejos y desde cerca, en el movimiento y en la quietud, en el silencio y en la oscuridad. En el versículo 6, el salmista queda pasmado, casi abrumado, por tanta ciencia y presencia, que lo desbordan y trascienden definitivamente.

En los versículos 7-12, la inspiración alcanza cumbres mucho más altas: el salmista acopla alas a su fantasía, e imagina situaciones inverosímiles, de lejanía y fuga, volando, inclusive, en alas de la luz, o cubriéndose con un manto negro, pedido a la noche en préstamo, para ocultarse de este porfiado perseguidor, y rehuir su aliento, pero… ¡todo es inútil! ¡Es imposible!

Vencido ante tan tenaz asedio, y convencido de la inutilidad de todo intento de fuga, el salmista desciende hasta el abismo final de su misterio (vv. 13-16), y allí descubre que Dios está presente con su acción hasta el misterio del mismo óvulo materno, y que, Él mismo, con manos delicadas, fue tejiéndolo, desde las células más primitivas hasta la complejidad de su cerebro. No sólo es su creador, es su padre, y, mucho más, es su madre. ¡Cómo no va a conocer sus pasos y sus días si lo acompaña desde el seno materno!

En el versículo 17, no pudiendo ya contenerse, conmovido por tanto prodigio, el salmista prorrumpe, extasiado, en una serie de exclamaciones: «¡Qué incomparables me parecen tus designios, Dios mío, qué inmenso su conjunto!». Si, arrastrado por la admiración o la curiosidad, se pusiera el hombre a enumerar, una por una, las maravillas de sus dedos, vana ilusión!, no es posible: son más que las arenas de las playas. Pero, si en una hipótesis imposible, llegara el hombre a transformar un imposible en posible, y acabara por enumerar los prodigios de la creación, entonces, precisamente entonces, se encontraría con el misterio supremo de Dios, inabarcable, inconmensurable, infinito.

 

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«¡Qué es el hombre!»

 
 
 
 
 
 
 
«¡Qué es el hombre!»

 

Los elementos que acabarnos de estudiar, el asombro, la interioridad y la comunión cósmica, brillan con luces propias en el salmo 8, donde el salmista realiza el mismo itinerario que en el salmo 104, a saber: salta desde muy adentro de sí mismo, en un arranque de admiración («Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!»); recorre como un meteoro los cielos y la tierra, y regresa al mismo punto de despegue, clausurando el glorioso periplo con la misma estrofa, henchido de gratitud y admiración: «Señor, dueño nuestro…».
El pequeño salmo, más que una descripción, es una contemplación de lo creado y lo increado, en la que el salmista, con el corazón dilatado, distingue y señala un escalón jerárquico: Dios es el Rey, cuya «majestad se alza por encima de los cielos»; el hombre, un pequeño rey sobre el trono de la creación; la criatura, destinada a cantar la gloria de Dios y servir al hombre.
De entrada, el salmista siente prisa por poner fuera de combate a los ciegos y sordos que niegan la luz del día, los adversarios de Dios. Les dice, poniéndolos en ridículo, que la majestad y el poder divinos están tan a la vista, son tan patentes y evidentes que hasta los niños de pecho, que sólo saben mamar, lo pueden atestiguar.
Continúa avanzando el salmista, y entra en los versículos más interesantes del salmo:
Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?
Hay en estos dos versículos una formidable densidad vital: una mirada hacia afuera y una mirada hacia adentro: mirada global de la que nace la sabiduría, que es una visión objetiva y proporcional; y esta visión, a su vez, surge espontáneamente al medir el hombre la altura del Altísimo con su propia pequeñez. No es necesario comparar, basta con contemplar; y se hace patente, como primera evidencia, su condición de criatura, contingente y precaria. Tiene, pues, el salmo una fuerte dimensión antropológica.
El salmista sale a la intemperie en una noche estrellada, y queda anonadado por la profundidad, misterio, silencio y serena belleza del firmamento. Este es el punto de partida. Abrumado por el espectáculo, que, por vía de evocación, le recuerda a Dios, comienza a reflexionar: semejante hermosura no es más que la huella digital de Dios, «obra de sus dedos»; y si así de ardiente es el esplendor de sus obras, qué no será la hermosura de su Autor.
Y profundamente sensibilizado, el salmista vuelve la mirada sobre sí mismo, y descubre la insignificancia del hombre. Pero, en lugar de sentirse avergonzado o triste a causa de su pequeñez, con simplicidad y tranquilidad, deja abierto un interrogante que ni siquiera es una pregunta o una duda. Es, más bien, una pasmada exclamación, hecha de afirmación, interrogación, admiración: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?».
Se diría, pues, que el salmista, en lugar de sentirse sonrojado por su pequeñez, se siente feliz de que Dios sea Dios, tan indiscutible, tan incomparable, tan único. Y esto sucede porque, en lugar de fijar su mirada sobre su propia insignificancia, queda clavado, casi extasiado contemplando la munificencia del Otro. Se trataba, pues, de una pascua. Y al aceptar que Dios es Dios, al quedar «vencido» por el peso de la Gloria, entra el salmista a participar de la eterna juventud de Dios, de su omnipotencia y plenitud.
Hay aquí otra nota que destacar. En medio de tanto deslumbramiento, el salmista alcanza a saborear, por contraste, un vislumbre de la ternura de Dios, ternura por cierto, absolutamente gratuita, porque el objeto de su predilección no es ese firmamento majestuoso, sino el hombre en su pequeñez: «para que te acuerdes de él». «Acordarse» tiene aquí un sentido muy concreto y muy humano. Si uno se acuerda de otro, significa que éste ya «vivía» en el corazón de aquel.
A pesar de sentir una cierta extrañeza, para el salmista, el hombre es el predilecto de la creación.
A partir de este momento, el objeto único de contemplación en el salmo es el hombre, constituido por Dios como rey de la creación. Mejor dicho, como virrey o lugarteniente.
Después que el hombre salió a la luz de las manos de Dios, en un ambiente de gran solemnidad, fue colocado en una comarca hermosa y feraz, para que la cuidara y cultivara. Viéndolo demasiado solitario, un buen día, el Señor Dios presentó ante el hombre una abigarrada muchedumbre de mamíferos y aves, para que, como en una ceremonia de vasallaje, tomara posesión de todos los seres vivientes. Y, efectivamente, poniéndoles un nombre a todos ellos, fue asumiendo y expresando un señorío y soberanía sobre todos los animales de la tierra. A esta ceremonia hacen referencia los versículos 6-9 del salmo.
Los versículos 6-7 son un brochazo de oro que resume y contiene cuanto la Biblia dice sobre el hombre:
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad: le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies.
Desde los primeros días de la creación, como si dijéramos, desde el principio, entra el hombre en el escenario como un señor, «coronado de gloria y dignidad» (v. 6). No es Dios, pero sí «poco menos que un dios» (v. 6). Su dependencia respecto de Dios no es una condición de vasallaje, sino una relación de padre a hijo.
Dios colocó en sus manos una espada flamígera, de doble filo: la libertad, principio de vida o muerte, fuente de grandeza o de ruina. Porque era libre, el hombre fue capaz de alzar su frente ante Dios, y de intentar arrebatarle el «título» de Dios. Su mayor categoría, sin embargo, es su identidad personal, el hecho de ser él mismo, inalienable, único. Es lo que más le aproxima a Dios. Dice al respecto Meister Eckhart:
El ser hombre lo tengo en común con todos los hombres; el ver y oír, y comer y beber lo comparto con todos los animales. Pero lo que yo soy es exclusivamente mío, me pertenece a mí y a nadie más, a ningún hombre, ni a ningún ángel, ni a Dios, a no ser en cuanto soy uno con EL.
La afirmación fundamental de la Biblia sobre la naturaleza del hombre es que éste ha sido hecho a imagen de Dios. Lleva, pues, en potencia, de alguna manera, los atributos de Dios. Sus medidas son, de alguna manera, las medidas de Dios: un pozo infinito. Por eso, infinitos finitos no lo pueden llenar. Y por eso, eternamente insatisfecho, irremediablemente caminante, como Abrahán, como Israel, como Ulises; y, a sabiendas o sin saberlo, peregrino del Absoluto.
Y por eso, también, el salmo se consuma y es coronado en la Cumbre: «Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!». El salmo 8, y en general, los salmos de la creación, como el 19, 64, 92, 97 y otros, parten de Dios, recorren cielo y tierra, atraviesan, sobre todo, el territorio del hombre, y finalizan su carrera en Dios, fuente original y meta final.
 
P. Ignacio Larrañaga
 


 

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