Ingenuidad y ternura

 
 

Ingenuidad y ternura

 

Estamos afirmando, en todo momento, que una experiencia cósmica de los salmos supone una purificación de la mirada interior, en una especie de círculo vicioso sano: al desasirse de sí mismo y saltar al Otro, el salmista se libera de sí mismo; y este baño en el Infinito le hace, a su vez, medir su real estatura; y, en una visión objetiva y proporcional, le obliga a reconocer su condición de criatura, dependiente y contingente, lo que, a su vez, le dispone a la adoración.

Ahora bien, en el asombro no deja de existir una buena dosis de ingenuidad. Por eso, el asombro es un fenómeno humano específico de los niños. Cuando al hombre se le extravía esa ingenuidad entre los matorrales de la vida podemos hablar de una pérdida irreparable. Podríamos decir que el salmista conserva un alma despojada y transparente que le permite ver a Dios actuando prodigiosamente en la creación.

Sólo con una maravillada ingenuidad, con una especie de encantamiento, se puede sorprender a Dios «avanzar en las alas del viento sobre la carroza de las nubes», llevando como «ministro el fuego llameante». Sólo un niño puede ver a Dios «sacar los ríos de los manantiales», «regar los montes», «hacer brotar la hierba para el ganado», «echar la comida a su tiempo» a los animales salvajes, «repoblar la faz de la tierra con su aliento», «trazar fronteras en las aguas». De la misma manera, sólo un niño puede contemplar al Padre alimentando a los gorriones, vistiendo a las margaritas, regando con la lluvia o fecundando con el sol los campos de los justos y de los injustos.

Para tanta maravilla, una sola condición: hacerse como niños. Pero ya lo hemos dicho: fácilmente podemos perder al «niño», y es esa una pérdida irreparable. Los conocimientos científicos, y otros sobreañadidos, pueden extinguirnos el candor para contemplar cómo Dios afianza los montes con su fuerza, reprime el estruendo del mar, cuida la tierra la riega, y la enriquece sin medida, prepara los trigales, riega los surcos, iguala los terrones, bendice los brotes, corona el año con sus bienes (SaI 65).

¡La ternura de la vida!: don divino que permite contemplar las fuentes de la vida en su frescor original.

No se puede, sin embargo, separar esa contemplación deslumbrada sobre el universo de la vida profunda del salmista. Pese a todo, las raíces siempre están adentro, y también las fuentes. Al modo de Antonio Machado, cuando decía: «Rocas de Soria, conmigo vais», el salmista podría también decir: estrellas, mares y montañas, estáis en mi corazón. En lugar de decir: en la creación, Dios y el hombre se encuentran, podríamos expresarnos más exactamente, diciendo: Dios, el hombre y la naturaleza cantan al unísono en

mi última morada.

El salmo 104 se abre y se cierra con una expresión de máxima interioridad, dirigiéndose el salmista la palabra a sí mismo, y hablando en singular: «Bendice, alma mía, al Señor». Desde la última soledad de su ser, desde su más remota y sagrada latitud, surge el salmista en alas de la admiración, y, después de recorrer montes, océanos, ríos y comarcas, retorna al mismo punto de partida, para coronar la peregrinación, con las mismas palabras: «Bendice, alma mía, al Señor».

Y, durante el recorrido, desciende con frecuencia a su recinto interior para celebrar, admirado y agradecido, al Rey de la creación que, fundamentalmente, está en su silencio interior: «iCuántas son tus obras, Señor! ». Y, al final, el salmista parece olvidarse de tantos seres radiantes como han llenado sus ojos: las criaturas le han despertado y evocado a su Señor; pero, una vez que el Evocado se ha hecho presente, los elementos evocadores ya no tienen razón de ser, y desaparecen, y sólo queda Dios. En este instante, el salmista se hunde en la interioridad más arcana y

entrañable, para proponerse a sí mismo con ternura y resolución:

Cantaré al Señor mientras viva, tocaré para mi Dios mientras exista:

que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor (Sal 104,33).

Definitivamente, el misterio siempre está dentro.
 
 
Padre Ignacio Larrañaga
 
 
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Pobreza y adoración

 
 
 Pobreza y adoración

Asombro es, pues, la palabra. Y, en el fondo, el asombro es un desprendimiento, un salirse del centro de sí mismo, de las ataduras, apropiaciones y adherencias mediante las cuales el hombre se unce a su argolla central y se enlaza a las criaturas. Sólo el asombro puede sacar al hombre de su aislamiento egocéntrico, liberarlo de la autocomplacencia y la autosuficiencia. Necesita estar libre de sí mismo para poder admirar.

Como siempre, la cuestión es una sola: la pobreza. Pobre y libre: libre de sí mismo y de cualquier apropiación, no sólo para renunciar a poseer, sino también para liberar energías unitivas, dormidas y aletargadas; y, así, dar curso libre al anhelo de comunicación universal. Pobreza para cavar pozos interiores, para abrir espacios libres para una gran acogida. La pobreza, pues, en lugar de estrangular las potencialidades afectivas y admirativas, las abre en una expansión de horizontes abiertos.

Pero existe también un proceso inverso: el hombre de la sociedad industrial se desgajó de la naturaleza y se colocó por encima de ella para explotarla al máximo mediante la técnica, monstruo que desbarata la comunión y favorece la dominación. Por este camino, la naturaleza viene a ser, no sólo instrumento de poder, sino presa para la avidez humana, de los que luchan por el poder. Y, así, la naturaleza, en lugar de armonizar las relaciones humanas, las falsifica y prostituye. Y, por su espíritu de dominación y posesión, el hombre sojuzga a la naturaleza, y la explota de forma indiscriminada e inmisericorde. Pero ahora ha comenzado a comprender que la muerte de la naturaleza es también la muerte de la humanidad.

En una experiencia cósmica de los salmos, en cambio, se evapora el complejo de superioridad. El señor hombre desciende de su pedestal y se hace presente en la creación, no como un dominador que entra en sus propios territorios, sino como un amigo reverente y admirado que establece relaciones afectivas y fraternas con todos los seres, en consideración a que esos seres llevan grabada en sus entrañas la efigie de Dios. Se trata, pues, de una experiencia de Dios, ampliada y profundizada.

La adoración, por su carga de asombro y admiración, y también por el hecho de hacer al hombre olvidarse de sí mismo y volverse hacia los demás, es la suprema liberación humana. Podemos agregar mucho más: no existe en el mundo terapia psiquiátrica tan liberadora de obsesiones y angustias como la adoración.

La razón es simple: las ansiedades, los temores, las preocupaciones, y, sobre todo, las obsesiones, son efecto y fruto de estar el hombre volcado sobre sí mismo, atado, y con frecuencia adherido morbosamente a la mentira de la imagen de sí mismo. Si el hombre corta todas esas ligaduras, y suelta al viento las aves enjauladas y las energías constreñidas, seducidas éstas por el Altísimo, la vida se torna en una fiesta de libertad.

Por eso, en los salmos 8 y 104 no aparece ninguna referencia a sí mismo ni a los enemigos del salmista. Absorbido el salmista por el fulgor de Dios y de la creación, olvidado de sí, desterradas las inquietudes y los miedos, sólo le queda espacio y tiempo para lanzarse, con la mirada maravillada, en un movimiento sin retomo, hacia Aquel que es el Único.

El adorador es un pobre, así como todo auténtico pobre es también un adorador. El salmista de la creación se deja llevar por el impulso de cantar a Dios en la creación porque está exento de toda intención posesiva de las criaturas. Renunció a toda apropiación, y sólo a partir de esa renuncia es posible la elevación.

 

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Buscando su Rostro

 
 
ENCUENTRO DE EXPERIENCIA DE DIOS
 
DEL
 
PADRE IGNACIO LARRAÑAGA
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Asombro y éxodo

 
 
 

Asombro y éxodo

 

Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra (Sal 104,1). Bendice, alma mía, al Señor, Dios mío, ¡qué grande eres! (Sal 104,1).

Este es el cantus firmus, la melodía central que sazona, alienta y sostiene en pie los salmos cósmicos: el asombro. La admiración planea incesantemente por encima de la creación, mientras Su Presencia aletea por encima y bucea por debajo de las criaturas.

Aquí está la diferencia entre un geólogo y un salmista. Para el geólogo, la creación es un objeto de estudio: lo aborda analíticamente con instrumentos adecuados. Para el salmista, la creación no es un objeto que se toma para analizarlo, ni siquiera para admirarlo. Más bien, el salmista es seducido y deslumbrado por la creación.

Es, pues, el salmista un ser eminentemente pascual, volcado, mejor dicho, arrebatado por el esplendor circundante; y «estudia» (contempla) la creación, no científicamente, sino vibrando con ella; casi se diría «viviéndola», con todas las características de la vida: unidad, es decir, el salmista no sólo está «fuera» de sí, sino, sobre todo, vertido en la corriente secreta del mundo y compenetrado con sus impulsos; emoción, esto es, una palpitación gratificante; gratitud un sentimiento benevolente y agradecido por tanta hermosura que le hace al hombre feliz.

Lo dicho hasta aquí podría identificar al salmista con el poeta. Pero hay mucho más; el salmista es también, y sobre todo, un místico. Este es su distintivo más eminente. El salmista, fundamentalmente, es un ser deslumbrado por Dios mismo, atraído por un Dios percibido en la creación de tal manera que el esplendor del mundo no es sino el manto de su majestad, y la vida, su aliento (Sal 8,1).

Es, pues, el salmista un ser cautivado por Dios, por un Dios que arrastra tras de sí a la creación entera, y, por cierto, también al salmista. Ya se pueden imaginar los resultados: como en un torbellino embriagador, la naturaleza, el hombre y Dios danzan al unísono, respiran un mismo aliento, viven una misma vida. ¿Cabe imaginar júbilo más subido?

Bergson, refiriéndose a esta experiencia, dice: «No es algo sensible y racional. Es, implícitamente, lo uno y lo otro. Y es mucho más que todo eso; su dirección es la del impulso vital». Es de tal naturaleza esta experiencia que no hay manera de conceptualizarla, y menos todavía de verbalizarla. Por eso, el salmista, después de una exclamación, tiende a cerrar la boca y permanecer en silencio posterior; un silencio, por cierto, grávido de la más densa palpitación.

 

 

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Retorno a la naturaleza

 

 

 

 

Retorno a la naturaleza

El hombre de Iglesia necesita, quizás hoy más que nunca —según me parece— vivificar y actualizar los salmos, digamos, cósmicos, y nutrirse de ellos. Y esto, no para orquestar las cruzadas de los ecologistas, sino para entrar en una profunda comunión con todos los seres en Dios, raíz y fundamento de todo; para adorar al Señor, no sólo en el santuario de la última soledad, sino también en el brillo policromado y multiforme del universo.
La formación clerical, marcadamente racionalista, utilizando la lógica y la abstracción como fuentes casi únicas de conocimiento, se había desentendido, durante siglos, de la poesía y la intuición, salvo en la corriente franciscana, subestimando, por decir lo menos, la vertiente emotiva e imaginativa de la persona. ¿Resultado? Ya se puede suponer: un hombre, en cierta manera, mutilado, con un vacío difícil de equilibrar en la arquitectura general de la persona.
Urge, pues, retornar a las raíces de la creación. Es necesario despertar, con cierta premura, las energías instintivas hoy dormidas, y hacer brotar de nuevo las fuentes de la simpatía; y, con todo este caudal recuperado, le será más fácil al hombre entrar en una viviente comunión con las criaturas y el Creador, conjuntamente. Lo que ciertamente contribuirá al enriquecimiento integral de la persona.
Cuando un creyente consigue hacer de los salmos de la creación una fuerte vivencia, no sólo rinde un homenaje y entona una música festiva al Creador, sino que también, y sobre todo, levanta el nivel de su riqueza interior. El adorador cósmico entra de cabeza y se baña en la corriente secreta y profunda de la naturaleza, mientras siente —y de alguna manera participa— del barbotar de la vida de las manos de Dios.
Nadie ha abierto tantas brechas de luz sobre estos horizontes como Teilhard de Chardin.
Nadie se ha expresado con tanta originalidad y audacia, tanto resplandor y fuego sobre la potencia espiritual de la materia como este místico de la era tecnológica; de tal manera que, para él, la Materia es la última y más deslumbrante teofanía. La suya es una auténtica espiritualidad cósmica, para cuya asimilación, la humanidad creyente no está todavía, creo, suficientemente preparada. Me asiste la certeza de que su vasta y ardiente cosmovisión iluminará, con el correr de los siglos, las mentes más altas y nobles.
Cautiva esa misa sobre el mundo que, estando el Padre Pierre en las estepas peladas del Asia sin los implementos necesarios para la misa, celebra sobre el altar de la tierra entera, ofreciendo el trabajo y el dolor del mundo. Su cáliz y patena son «las profundidades de un alma ampliamente abierta a todas las fuerzas que, en un instante, van a elevarse desde todos los puntos del globo y a converger hacia el Espíritu». Y más adelante continúa: «Recibe, Señor, esta Hostia Total que la creación te presenta en esta nueva aurora. Tú has puesto un irresistible y santificante deseo que nos hace gritar a todos: Señor, haz de nosotros uno».

 

 

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El templo de la creación. Dios es

 
 
 
 

El templo de la creación

Dios es

 

En los salmos 8, 104 y otros, las criaturas son el lugar de encuentro, el altar de la adoración, así como en otros salmos —numerosos— las gestas salvíficas son la epifanía de la presencia y acción liberadora de Dios.

El salmista no es tan sólo un poeta colorista que describe «las madrigueras de los erizos» y «los cachorros que rugen por la presa», sino, sobre todo, el contemplador sensible que capta la realidad latente y palpitante que respira bajo la piel de las criaturas: Dios mismo.

En las religiones primitivas, la realidad, imprecisa y vaga, por cierto, no sólo se circunscribía a ciertos elementos telúricos, como el árbol, la fuente o el sol, sino que se identificaba con ellos. La divinidad era la fuente sagrada, el bosque, sin una exacta distinción entre ser y estar, sino más bien implicados y confundidos ambos aspectos; para Aken Aton, el sol era (y estaba) la divinidad.

En los salmos, y en la Biblia, en general, se lleva a cabo el proceso de emancipación, abierta hacia la trascendencia: se cercena el cordón umbilical que ligaba a un dios a un lugar. Dios se separa de los seres y lugares, se independiza, superando la etapa panteísta, y adquiere identidad personal y mayoría de edad: trasciende los seres creados: queda más allá de las criaturas, lo que no quiere indicar que esté distante, o por encima, sino que es otra cosa que la criatura. Desde ahora, estamos en condiciones de afirmar: simplemente, Dios es. Podemos agregar también que Dios es el fundamento fundante de toda realidad, la esencia de la existencia; que en El nos movemos, existimos y somos; y que no le corresponde estar, sino ser.

 

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Tu rostro busco, Señor

 

 

 

 

Tu rostro busco, Señor

 

 

Todo lo que hemos dicho hasta ahora corresponde a la primera parte del salmo, cuyo contenido fundamental es la ausencia de miedo (no tengas miedo). Y el núcleo esencial de la segunda parte es el asegurar la presencia divina: buscar su rostro. Premeditadamente nos hemos saltado el versículo 4, porque, por su contenido, corresponde más bien a la segunda parte.

«Una cosa pido al Señor, y eso buscaré: habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida» (v. 4). Si la experiencia liberadora, descrita hasta ahora, es realmente así, entonces se impone una conclusión; si Dios, vivo y vivificante en la interioridad humana, es la fuente de toda dicha y de toda libertad, entonces, concluyamos: sólo una cosa vale, sólo una cosa importa, sólo una cosa procuraré, pediré y buscaré eternamente: «habitar en la casa del Señor».

Es necesario entender estas palabras en su verdadera profundidad, es decir, en su sentido figurado: vivir en el «templo» de su intimidad, cultivar su amistad, acoger profundamente su presencia; «gozar de la dulzura del Señor» (v. 4), esto es, experimentar vivamente la ternura de mi Dios, su predilección, su amor, que se me da sin motivos ni merecimientos, cultivar interminablemente «por todos los días de mi vida», la relación personal y liberadora con el Señor, mi Dios.

«Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Otra vez lo precisamos: Dios no tiene rostro. Este término, rostro, tan repetido desde los días de Moisés, como la ( expresión de la intimidad más entrañable, quiere indicar, hace referencia, una vez más, a la presencia divina, al Dios personal, vivo y verdadero, a Dios mismo, percibido vivamente en la fe y en la oración.

Volvemos a insistir el Señor será el vencedor de la soledad y el liberador de las angustias, en la medida en que sea el Dios viviente en el fondo de mi conciencia. La única condición para que Dios sea verdaderamente mi liberador es esta: que no sea (Dios) una abstracción teórica, un entresijo de ideas lógicas para hacer acrobacias intelectuales, sino que sea, dentro de mí, una persona viviente: padre, madre, hermano, amigo, mi Dios verdadero. A esta realidad, por llamarla de alguna manera, la llamamos rostro.

Y el salmista, sabiendo por experiencia que ese rostro es la clave de todo bien, fuente de fuerza y transformación, así como de plenitud existencial, en seis oportunidades consecutivas apela a ese rostro: 1) «tu rostro buscaré, Señor»; 2) «no me escondas tu rostro»; 3) «no rechaces a tu siervo»; 4) «no me abandones»; 5) «no me dejes»; 6) «aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me acogerá».

El salmo, que comenzó con una entrada triunfal, finaliza también con una salida victoriosa, con un par de versículos en que campea, invenciblemente, la esperanza.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida» (v. 13). País de la vida es esta vida, oportunidad que Dios nos da para ser felices y hacer felices. Gozar de la dicha del Señor es, simplemente, vivir, ni más ni menos. Mucha gente no vive, agoniza. Los que arrastran la existencia anegados entre temores y ansiedades no viven, su existencia es una agonía; en el mejor de los casos, vegetan. Pero ahora que el viento del Señor ha barrido con nuestras sombras y temores, ahora, sí, podemos respirar, sentimos libres, gozosos, felices. Esto es vivir, ahora esperamos vivir.

Y tanta hermosura como contiene este salmo no podía acabar sino con un grito largo de coraje y esperanza: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (v. 14). El hombre tiene que habérselas con la vida y sus peligros; necesita refugios donde acogerse. Ha aprendido a no confiar en los poderosos de la tierra, «los señores de la tierra»; y sabe por experiencia que sólo salvan e] poder y el cariño de Dios. Este poder y amor suscitan la confianza del hombre, y en esta confianza se basa su seguridad. Y esta seguridad se transforma en el gozo de vivir, vivir plenamente, Shalom.

 

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